¿Quién mató a Escoitar?

Jueves 28 de abril de 2016, por Horacio González Diéguez

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El pasado 20 de enero, Escoitar iniciaba una acción poética en la red a través de la cual invitaba a los usuarios y usuarias a escuchar por última vez su archivo sonoro.

(…) Hoy, después de múltiples intentos de recabar apoyos que hiciesen sostenible el mantenimiento de esta herramienta, y no queriendo resignarnos a que vague inerte y estéril como un cadáver digital, hemos decidido devolver sus sonidos a la vida, a su esencia transitoria.

Creemos que igual que su elaboración, su desaparición debe ser fruto de un acto colectivo y compartido.

Cada vez que escuches una de las mas de 1.200 grabaciones que en su día formaron parte de Escoitar.org, esta se borrará de la base de datos, desaparecerá como sonido que es, será de nuevo algo más que un archivo, será un acontecimiento. (…)

Cinco días después, el 25 de enero de 2016, desaparecía el último sonido de nuestra web.

Hablar de la desaparición de un colectivo utilizando un asesinato como metáfora puede parecer exagerado, pero un proyecto al que ocho personas (Berio Molina, Carlos Suárez, Chiu Longina, Enrique Tomás, Horacio González, Jesús Otero, Julio Gómez y Xoán-Xil López) le han dedicado 10 años de su vida es algo muy parecido a un ser querido. Llevo comenzando este texto en mi libreta desde el día en que decidimos cerrar el proyecto y, hasta ahora, no he podido encontrar un tono para dar respuesta a los interrogantes que suscita una desaparición como la de Escoitar, sin que fueran el cansancio o el rencor quienes contestasen. Para ir al grano y señalar un culpable con el cadáver todavía caliente, lo primero que es necesario explicar es que Xoán-Xil y yo decidimos dar cierre al proyecto por nuestra cuenta sin consultar con ningún otro miembro del colectivo, que Xoán-Xil concibió la forma poética del cierre y yo la articulé técnicamente, acordando ambos ponerla en ejercicio el día en que diese lectura a su tesis doctoral, acabando la presentación con el borrado del primer sonido.

En los días posteriores resultó muy ilustrativo observar las reacciones de la gente, aunque fuera doloroso. Superada la agitación reivindicativa de 5 días de escucha homicida, en la que cada visitante hacia desaparecer de forma permanente las grabaciones que escuchaba, cuando se borró la última de ellas, el sentimiento residual dominante fue una tristeza resignada, seguida de la indefectible pregunta -¿Pero no habréis borrado realmente el archivo? Conserváis una copia, ¿verdad?- Al cabo de un rato, tras una evasiva respuesta en la que se trataba de explicar que el acto de cierre no era una llamada de atención y que no contemplábamos recuperar el archivo sonoro, la gente que nos interpelaba acababa recobrando la tranquilidad y, de brazos cruzados, en esa tristeza resignada, respiraba aliviada por la desaparición de una deuda colectiva que, en cierto modo, quizás tenía con el proyecto.

Patrimonio sonoro

¿Como había podido desaparecer Escoitar? ¿Que había sucedido? Dos cuestiones son fundamentales a la hora de resolver un asesinato en los primeros momentos de una investigación criminal: El momento exacto de la muerte y la identidad del cadáver. Aunque el borrado colaborativo de Escoitar supuso la desaparición de su archivo sonoro, esta acción poética simplemente constituía la forma efectiva de visibilizar una desaparición del proyecto que ya se había ido produciendo paulatinamente. Ni Escoitar perecía súbitamente el 25 de enero de 2016, ni se limitaba a un archivo sonoro con más de 1.200 grabaciones de campo el capital cultural desaparecido.

El colectivo llevaba ya bastante tempo sin actividad cuando, en abril de 2014, publiqué un texto acerca del estado crítico por el que pasaba Escoitar, harto de dar explicaciones sobre el lamentable estado que mostraba nuestra web. En aquel momento muy poca gente supo reconocer la gravedad de la situación debido al tono entusiasta del texto y a que la parte más dura del contenido quedó escondida entre las notas a pie de página. Sin embargo, ¿Dónde está Escoitar? sí pretendía ser esa llamada de atención que mucha gente ha querido ver en el borrado colaborativo, celebrado como acto de cierre del proyecto.

Mi texto analizaba la difícil situación en la que se encontraba Escoitar para plantear una cuestión de fondo, la falta de un modelo de futuro que permitiese preservar el trabajo desarrollado hasta entonces por el colectivo. Sin embargo, la respuesta a ese incierto futuro ya estaba articulada y, en realidad, el texto simplemente pretendía servir para contextualizar la propuesta que queríamos hacer al respecto. Asumiendo que Escoitar había desaparecido como colectivo hacía tiempo y que ya no iba a recuperar su actividad, la forma razonable de salvar el mapa sonoro era abrir el proyecto para que otras personas lo habitasen y aprovechasen el capital simbólico de Escoitar, alimentando y manteniendo la web y el archivo sonoro con su actividad. A través de un proyecto de transformación de la web en un cluster dedicado a albergar y dar soporte a otros colectivos y proyectos sonoros o educativos, se pretendía dar una nueva vida a Escoitar.org y encontrar una forma de preservar su patrimonio.

¿Dónde está Escoitar? señaló un período de dos años que se dio el colectivo para encontrar una institución que apoyase y financiase dicho proyecto de renovación, un período en el que contactamos con instituciones como la Diputación de Ourense, la Fundación Barrié de la Maza o el Consello da Cultura Galega. Lamentablemente ninguna de las instituciones con las que hablamos llegó a mostrar un interés decidido por el proyecto, ni a valorar seriamente la propuesta de renovación de la web de Escoitar. Durante estos años, hemos podido comprobar como la crisis ha llevado a las instituciones culturales a preocuparse exclusivamente por su propia supervivencia y escuchado valoraciones tan escandalosas como que el Consello da Cultura Galega no apoya proyectos que escapan a su control institucional o que ya haría su propio mapa cuando lo necesitase.

Sin retirar el foco de la cuestión del archivo sonoro ahora perdido, en la linea de las reacciones que se produjeron tras el cierre del proyecto, el lector podría preguntarse si no estamos aún a tiempo de aplicar primeros auxilios al cadáver. El propio Arquivo Sonoro de Galicia contactó con Escoitar para preguntar si habíamos conservado una copia de seguridad de las grabaciones del proyecto y pedir que se las enviásemos, dos días después de haber desaparecido el último sonido de la web, tras diez años en los que había resultado imposible colaborar con ellos. El problema no radica en si conservamos una copia de seguridad o si contemplamos recuperar los archivos, radica en que ha desaparecido su continente, el marco de relación y contextualización que daba valor al contenido, un mapa sonoro que llevaba en estado catatónico desde noviembre de 2013.

Cualquier cesión de las grabaciones a una tercera parte requeriría el permiso de sus autores y autoras, porque el archivo de Escoitar se trataba de un archivo en depósito, compuesto por aportaciones de los usuarios y las usuarias, que en ningún caso eran de nuestra propiedad. De hecho, las grabaciones contenidas en el mapa sonoro nunca han llegado a desaparecer, el archivo original de cada una de ellas siempre estuvo guardado en el ordenador de sus autores y autoras. Son los metadatos que daban valor añadido a cada una de ellas, el conjunto formado por las mismas y su asociación a unas determinadas coordenadas geográficas lo que ha desaparecido, en definitiva el archivo sonoro en si mismo, no su contenido. Ese mapa sonoro que, en mi opinión, constituía patrimonio cultural y tecnológico de Galicia y que, lamentablemente, llevaba tres años deteriorándose sin que nadie se percatara de ello.

Cuando el colectivo dejó de estar capacitado para sostener su página web a través de las actividades que hacía, elaboró una propuesta para actualizarla y abrirla a nuevos proyectos, con el fin de hacerla viable de nuevo. Sin embargo, nadie tuvo ningún interés en apoyar el proyecto. Esa ha sido siempre la auténtica razón del cierre.

Patrimonio tecnológico

¿Que sucedió en noviembre de 2013? ¿En algún momento fue capaz Escoitar de mantener su mapa sonoro con las actividades que hacía? ¿Que otro tipo de patrimonio sostenía el archivo sonoro? ¿Hizo inviable la preservación del mapa sonoro la desaparición dicho patrimonio? En noviembre de 2013 Google dejó de dar soporte a la versión 2 de Google Maps, API en la que estaba enteramente basada la web de Escoitar. A partir de ese momento el mapa sonoro comenzó a experimentar fallos y serios problemas técnicos, cuya única solución pasaba por el desarrollo de una versión enteramente nueva de la página web. Fue, precisamente, el colapso definitivo del funcionamiento del mapa sonoro y la imposibilidad para encontrar financiación para la propuesta de renovación, lo que precipitó la desaparición del archivo.

En cualquiera de los casos, entendiendo que existe una cultura de la red, un ámbito del conocimiento y del discurso que es simultáneamente cultural y tecnológico, Escoitar constituía mucho más que un archivo sonoro con 1.200 grabaciones de campo. Se trataba de un proyecto pionero en lo sonoro y en lo tecnológico que había dialogado en tiempo real con la actualidad, marcando una pauta para innumerables iniciativas y colectivos posteriores. Un proyecto de referencia tanto en Galicia como en España que, aunando innovación tecnológica y reconocimiento internacional, contribuyó decididamente a abrir campos de exploración en la cultura, conectando con el flujo de ideas y acontecimientos que constituyen la actualidad tecnológica a través de sus propuestas, en al menos dos ocasiones.

La primera de ellas fue, sin duda, la creación del propio mapa sonoro de Escoitar, una propuesta pionera que inspiró, entre otros, a proyectos como Soinumapa, Sons de Barcelona, Madrid Soundscape, Andalucía Soundscape o Mapa Sonoru y que fue seleccionada junto con otros 10 proyectos internacionales para la exposición Google art, or how to hack Google por Rizome para el New Museum of Contemporary Art de Nueva York en 2006. A veces resulta sencillo olvidar el hito que supuso el mapa de Escoitar en el ámbito de la cultura en red; un proyecto lanzado en 25 de julio de 2006, que comenzó su desarrollo en enero de ese mismo año, tan solo 7 meses después de que Google ofreciera la posibilidad de crear aplicaciones web basadas en mapas a través de Google Maps, por primera vez. En aquel momento el mapa sonoro de Escoitar planteaba su característico cruce de sonido, identidad, memoria y lugar, cuando las herramientas tecnológicas para hacerlo aún no existían, viéndonos impelidos a desarrollarlas y producirlas a partir de un singular cruce, a medio camino entre podcast y cartografía.

Spip, el gestor de contenidos web con el que estaba construida la página web de Escoitar, no permitía la geolocalización de contenidos. GeoPress, el primer plugin de geolocalización para WordPress, la plataforma más popular de publicación de contenidos en Internet, se presentó en septiembre de 2006, dos meses después de la publicación de Escoitar, y los estándares web para compartir información geográfica en Internet como GeoRSS se consolidaron todavía más tarde, a lo largo de 2007. El desarrollo de Escoitar no solo constituyó la base para el primer plugin de geolocalización de Spip, que se publicó en marzo de 2007, si no que participó, en tiempo real, de los inicios de la cultura de la geolocalización y el geotagging en la red y de las ideas que había detrás de dichos movimientos.

Alimentándose de propuestas como FreeSound, el primer archivo sonoro geolocalizado de España, o Chicago Crime, uno de los primeros mashups basados en Google Maps, el mapa sonoro de Escoitar ofreció un modelo de referencia para una incipiente generación de artistas y proyectos sonoros en España, que supuso la pauta a seguir para muchas de las propuestas posteriores. Escoitar no fue el primer mapa sonoro de España, ni llegó en primer lugar a ningún sitio y, sin embargo, a través de la creación de su mapa sonoro, logró dialogar de tú a tú con la actualidad y proponer ideas tecnológicas desde y para la cultura, a partir de un contexto tan periférico como Galicia.

Tres años después de publicar el mapa sonoro, tras realizar una labor fundamental de concienciación y puesta en valor de la cultura aural a través de multitud de cursos y talleres impartidos por el colectivo en las principales instituciones culturales del país, Escoitar volvió a conectar de forma extraordinariamente sincrónica con la actualidad, decidiendo comenzar a hacer justamente lo contrario a lo que había hecho hasta entonces. Después de centrar la labor del colectivo en la recogida de sonidos para subirlos a un mapa durante años, un paseo sonoro creado en Cimadevilla para la exposición de Laboral El pasado en el presente y lo propio en lo ajeno, nos condujo a devolver sonidos del mapa a la realidad. Inspirados en propuestas como las de Janet Cardiff o Hildegard Westerkamp, el paseo sonoro nos llevó a desarrollar proyectos basados en la incorporación de sonido grabado a la experiencia de la realidad, a iniciar un camino que nos llevó a desarrollar noTours, un proyecto artístico de realidad aumentada con sonido que acabó transformándose en una plataforma para la creación de paseos sonoros geolocalizados y la composición basada en el espacio físico con teléfonos Android.

NoTours fue, si cabe, un proyecto aún mas internacional y pionero que el mapa sonoro de Escoitar, una propuesta que se adelantó a conceptos como locative audio o narración transmedia que, aprovechando el lanzamiento del sistema Android, constituyó la primera plataforma de creación de paseos sonoros geolocalizados para teléfonos inteligentes del mundo y la única sostenida íntegramente por artistas hasta la fecha, en un momento en el que solamente gigantes empresariales como HP (Mscape 2002) o institutos universitarios como el MIT (Aris Games 2008), habían emprendido proyectos similares.

El nacimiento de noTours es un ejemplo paradigmático de la encarnizada lucha contra el tiempo a la que se ven abocados los artistas cuando desarrollan proyectos tecnológicos. El paseo sonoro de Cimadevilla fue creado con un software de HP llamado Mscape que posibilitaba la creación de media-scapes, experiencias de paseo en el espacio público a las que se incorporaban medios almacenados en una PDA; imágenes, vídeos y sonidos que estando vinculadas a determinadas localizaciones se activaban en el dispositivo al llegar a dichas ubicaciones. La propuesta de Escoitar para Cimadevilla, que exploraba el concepto de la anti-guía partiendo de esas otras memorias que no forman parte del relato oficial de los lugares, a través de las narraciones y las canciones de un vecino del barrio llamado Pepe Bajamar, fue un éxito, pero dos semanas antes de la inauguración de la exposición, en abril de 2009, hubo que comprar las últimas diez PDA que quedaban en el mercado en España y un año después, en marzo de 2010, HP anunciaba que abandonaba Mscape.

La tecnología de la que dependía el paseo sonoro de Cimadevilla había quedado obsoleta antes de la presentación de nuestro proyecto. HTC acababa de presentar HTC Dream, el primer teléfono móvil Android del mercado, en octubre de 2008, Apple empezaba a comercializar iPhone en 2007 y las PDA estaban destinadas a desaparecer. Ese fue contexto en el que Escoitar comenzó a desarrollar su propio software para crear paseos sonoros en dispositivos Android e inició el proyecto noTours. Otra vez en absoluta sintonía con una serie de acontecimientos tecnológicos que sucedían al otro lado del atlántico, con escasos meses de diferencia. Acontecimientos que a la postre han transformado radicalmente la forma en que, hoy, concebimos y nos relacionamos con la realidad. Acontecimientos a los que Escoitar aportó su propia y modesta perspectiva, desde la cultura, el arte y, muy particularmente, desde lo sonoro, de forma absolutamente independiente y sin ningún apoyo institucional.

¿Cuando se perdió Escoitar esa capacidad de interlocución con la actualidad? ¿Cuando comenzó a faltar la energía que permitía sostener el esfuerzo, no solo de hacer propuestas culturales, sino de dotarse de las herramientas necesarias para llevarlas a cabo, desarrollándolas en el seno del colectivo? Escoitar nunca hizo un plan de viabilidad, ni destinó un solo euro a I+D+I, todo el esfuerzo de desarrollo se hizo a base de ilusión y ganas, gracias al trabajo oscuro de personas como Berio Molina, Enrique Tomás o yo mismo. A falta de un modelo económico solidario que obligase a invertir parte de los ingresos del colectivo en desarrollo, mantenimiento o amortización de equipos, cuando la ilusión y las ganas se diluyeron, el esfuerzo tecnológico que sostenía la infraestructura del proyecto se interrumpió.

Uno de los momentos clave que precipitó el colapso de este insostenible sistema de desarrollo fue la creación, por parte de Berio Molina y Chiu Longina, de un spin-off empresarial del colectivo llamado Pum Pun, en el año 2010. El potencial económico de la imagen de Escoitar y la enorme capacidad de desarrollo de los que se alimentó Pum Pun para ofrecer una forma de vida sostenible a dos de los miembros del equipo, lamentablemente, puso de manifiesto muchas de las debilidades del proyecto y de los desequilibrios que había entre los distintos miembros del colectivo, como el no haber remunerado nunca el trabajo de desarrollo.

A partir de ese momento, Berio Molina y Chiu Longina dejaron de contribuir a Escoitar para centrarse en su nueva empresa y, tras un período de razonables tensiones entre el colectivo y Pum Pun, yo tomé la decisión de no continuar trabajando de forma gratuita ni en el desarrollo, ni el mantenimiento de Escoitar. Como Enrique Tomás solamente participaba en el colectivo a través del proyecto noTours, en el momento en que dejé de mantener la web de Escoitar, el mapa sonoro quedó abandonado. Tres años después, cuando Google dejó de dar soporte a la versión 2 de Google Maps, no había un equipo de personas dispuestas a hacerse cargo. Berio Molina hizo algunos arreglos temporales para que la web siguiese en funcionando mientras se buscaba una solución, pero, sin una profunda renovación, el mapa sonoro quedaba sentenciado.

La incorporación de una persona específica para el proyecto como Enrique Tomás y la enorme dimensión que adquirió por si misma la propuesta, hizo de noTours un proyecto prácticamente independiente de Escoitar, que continuó desarrollándose a pleno rendimiento mucho después de que la web de Escoitar quedara totalmente abandonada. Enrique Tomás y yo continuamos desarrollando y manteniendo la app y el editor online de los que se componía la plataforma, respectivamente, hasta noviembre de 2015, momento en el que decidimos publicar el código fuente completo del proyecto. Una distribución clara de funciones y un modelo de desarrollo por proyectos nos permitieron dar una continuidad a noTours que nunca tuvo Escoitar. Sin embargo, la plataforma siempre estuvo tan destinada a desaparecer, como el mapa sonoro de Escoitar.

El proyecto de noTours se inició en 2009 con la incorporación de Enrique Tomás para el desarrollo del paseo sonoro de Cimadevilla, la primera versión de la app se presentó en el año 2010, a través de un proyecto realizado en el Parque del Retiro para la exposición ARTe SONoro de La Casa Encendida (Madrid, España), el editor online de la plataforma se finalizó en 2011 durante la producción de un paseo sonoro para la exposición Gateways. Art and Networked Culture del Kumu (Tallin, Estonia), El código de la app y del editor se revisó y optimizó ese mismo año gracias al proyecto de Laboral Narrativas espaciales realizado en Laboral (Gijón, España), tras el cual se abrió la plataforma, el sistema de comunicación de los teléfonos con el servidor se realizó para los encuentros Locative Audio celebrados en las universidades de Manchester en 2012 y de Valencia en 2013. Todos y cada uno de los proyectos de los que participó noTours hicieron posible su existencia y, sin embargo, el ritmo de desarrollo nunca fue suficiente como para competir con la realidad. La velocidad de otros proyectos planteados desde el ámbito empresarial o universitario acabo imponiéndose y, poco a poco, fueron superando desde el punto de vista tecnológico a noTours, haciendo que cada día resultase menos necesario sostener una plataforma propia.

Si Escoitar se encontraba ante la necesidad de crear su propio software para hacer paseos sonoros tras la desaparición de Mscape en 2010, a día de hoy surge un proyecto similar a noTours cada semana. Personas más jóvenes y mejor formadas, empresas bien financiadas y grupos de investigación plantean, cada día, propuestas que, siendo simultáneamente parecidas y diferentes a noTours, sin duda, tienen una capacidad de crecimiento y evolución mucho mayor que nuestro proyecto. No transformar noTours en una startup y reivindicar su lugar como proyecto netamente artístico fue una decisión compartida y consensuada entre Enrique Tomás y yo a lo largo de 2013. Una decisión tomada a sabiendas de que, desde el punto de vista tecnológico, se daba fecha de caducidad al proyecto, en la que pesaba más la firme creencia en determinadas formas de vida, que la búsqueda de modelos económicamente sostenibles. NoTours decidió permanecer en un lugar en el que todavía no se apuesta decididamente por la innovación tecnológica como el que ocupan el Arte Contemporáneo y la Cultura en España y muy particularmente en Galicia, asumiendo que con dicha decisión quedaba destinado a ser un prototipo fósil de lo que podía haber sido.

Patrimonio humano

Escoitar no desapareció abruptamente. Aunque algunas de nuestras decisiones contribuyeran a la muerte del proyecto, resulta difícil encontrar una única causa del desenlace final. La energía para hacer propuestas y llevarlas a cabo que tenía el colectivo y su capacidad de interlocución con la actualidad fueron desapareciendo poco a poco. La progresiva dificultad para mantener la página web de Escoitar y para continuar innovando tecnológicamente no fue un proceso ajeno a la dinámica del colectivo en su conjunto. Escoitar fue perdiendo fuerza, poco a poco, en la medida en que el equipo se desintegró. El potencial del proyecto radicaba en un conjunto extraordinario de personas, en el capital humano derivado del encuentro de un grupo de individuos singulares en una iniciativa colectiva. Así como la desaparición del archivo sonoro fue el resultado de un problema subyacente, la pérdida de capacidad para mantener el patrimonio tecnológico del proyecto, dicha pérdida de capacidad tuvo su origen en la pérdida de otro tipo de patrimonio, el patrimonio humano del proyecto.

¿Dónde está Escoitar? dedicaba buena parte de su contenido a explicar el proceso de polarización del colectivo a través de multitud de iniciativas en las que, ahora, participan algunos de sus miembros. Sin embargo, en este texto me gustaría centrarme, no tanto en las razones de dicha polarización, como en las razones de la disolución del proyecto. Si la desaparición de Escoitar consistió, en realidad, en la disolución de un equipo de personas, los motivos de dicha disolución fueron la auténtica causa de la muerte del proyecto y de la desaparición de su patrimonio. La clave para entender la desaparición de Escoitar radica en por qué los miembros del colectivo dejamos de encontrar en Escoitar un espacio de posibilidad, un espacio al que dedicar nuestra ilusión, y acabamos volcándonos en proyectos diferentes. El problema no fue que iniciásemos nuevos proyectos, si no que Escoitar dejase, paulatinamente, de ser el espacio para albergar y realizar en común dichos proyectos.

En este sentido, tres fueron los factores que, en mi opinión, contribuyeron más decididamente a la disolución del equipo: La falta de una infraestructura física que actuase como elemento vertebrador del proyecto, un modelo económico insolidario que acentuó los desequilibrios entre los miembros del colectivo y un profundo maltrato institucional que fue minando poco a poco nuestro entusiasmo.

Basta echar una ojeada a las iniciativas que perduran en el tiempo, para comprender el valor de las infraestructuras físicas, de los espacios, como articuladores de la permanencia. En Galicia, Alg-a, los contenedores cedidos por Santiago Cirugeda y el espacio de Valadares en el que actualmente están ubicados, constituyen un buen ejemplo de como una infraestructura, por precaria que sea, puede ayudar a consolidar una propuesta por la que han ido transitando varios grupos de personas diferentes, pese a los enormes retos que esto supone.

En el ámbito de lo sonoro, como describe Edu Comelles en su texto para MASE 2014, Antes de que el demonio sepa que has muerto, es paradigmático observar como los mapas, que hace unos años florecían en España, han ido quedando en franco estado de abandono y desapareciendo poco a poco. Una de las excepciones a este proceso de desaparición es el proyecto de Juanjo Palacios, Mapa Sonoru, que modestamente acogido por Laboral, gracias a un mínimo apoyo institucional, aún cuenta con un grupo estable de trabajo y sigue realizando actividades. A lo largo de estos años, algunos contextos han apoyando la creación sonora a través de sus instituciones, cediendo espacios y recursos o estableciendo acuerdos de colaboración permanentes. Entre otros encuentros recientes de lo sonoro y lo institucional que han ayudado a consolidar este panorama en sus respectivos contextos, podríamos mencionar AVLAB en Medialab Madrid, Audiolab en Arteleku o Hangar Sonor en Hangar. Lamentablemente, Escoitar nunca contó con una infraestructura física ni con un espacio de referencia similar a los que acabo de mencionar, que pudiese servir como eje vertebrador del contexto sonoro gallego.

Por paradójico que parezca, pese a haber contado con un colectivo pionero en España que tenía una importantísima trayectoria internacional, Galicia ha sido incapaz de generar un contenedor para lo sonoro que catalizase y capitalizase el enorme potencial existente y la visibilidad de proyectos como el nuestro. Por el contrario, en esa dejación de funciones tan característica de la indolente política cultural de Galicia durante los últimos años, todas las iniciativas que han ido surgiendo se han abandonado a su suerte. Ninguna institución de nuestro contexto tuvo la inteligencia o la iniciativa de ofrecer un espacio a Escoitar después de alguna de nuestras actividades, de proponer un acuerdo de colaboración a largo plazo que diese continuidad al proyecto, ni tan siquiera, de valorar seriamente la propuesta de renovación de la web del colectivo, cuando el proyecto estaba a punto de desaparecer.

A falta de una institución que acogiese al proyecto o de un espacio que lo vertebrase, Escoitar podría haber intentado dedicar parte de sus ingresos a dotarse de recursos y tratar de consolidar el proyecto creando sus propias infraestructuras. Sin embrago, como ya he comentado, Escoitar nunca contó con un modelo económico que contemplase la viabilidad del proyecto a largo plazo ni la necesidad de reinvertir parte de los ingresos en el propio colectivo. Aunque los ingresos de Escoitar nunca fueron suficientes como para ofrecer una forma de vida sostenible, ni tan siquiera a algunos de sus miembros, cuando el colectivo estaba a pleno rendimiento, en el momento de mayor efervescencia, surgieron considerables tensiones y conflictos económicos. Tensiones y conflictos económicos razonables en un grupo de personas al que no se le había ocurrido establecer protocolos ni criterios acerca de cuestiones como, cuánto cobrar, cómo repartir el dinero o si era necesario hacer un fondo común. Tensiones y conflictos, que un año y medio después de fundar el colectivo, en octubre de 2007, llevaron a un debate muy enfrentado respecto al modelo económico que debía adoptar el colectivo y, cuya pobre solución, acabó comprometiendo la dinámica y la perdurabilidad del proyecto.

Hace un par de años, una de las primeras veces que se planteó la posibilidad de cerrar el colectivo, como gesto acerca de la situación en la que nos encontrábamos, durante una reunión del equipo, Carlos Suárez afirmaba que Escoitar, en realidad, ya había dejado de ser un colectivo, vaticinando que habíamos muerto hacía cierto tiempo. En su clarividencia maldita, creo que Carlos Suárez se refería al modelo económico insolidario adoptado por el colectivo, tras aquel acalorado debate de 2007. Un modelo que en lugar de optar por reinvertir, distribuir o poner en común parte de los ingresos, impuso un sistema neoliberal, por el cual el capital simbólico del proyecto pertenecía a todos los miembros del colectivo y cada uno de nosotros podía y debía explotarlo por su cuenta, sin necesidad de responder ante los demás. El día en que se tomó dicha decisión, Escoitar dejaba de ser un colectivo para convertirse en una marca y el proyecto quedaba sentenciado.

El conjunto de personas que componía Escoitar siguió desarrollando proyectos y propuestas culturales durante años, pero no existía una auténtica dinámica de consolidación colectiva, sino de supervivencia personal. A falta de unos protocolos autorreguladores que garantizasen unas relaciones económicas saludables, el equilibrio económico descansaba en el criterio de cada uno de los miembros del equipo. Los agentes brillantes tenían libertad para generar ingresos a través de cursos, conferencias o proyectos de Escoitar y para gestionarlos de forma independiente, decidiendo qué miembros del equipo participarían y en qué términos lo harían. Por el contrario, el trabajo de los precursores oscuros quedaba condicionado al voluntarismo y a la sensibilidad de los anteriores. No se pretende decir aquí que algunos miembros del colectivo hicieran un uso indebido de la libertad que tenían, todas y cada una de las decisiones se tomaron de buena fe, atendiendo a a las características de cada proyecto que se llevó a cabo, pero nunca se trató de decisiones formalmente colectivas y, aunque esto no fuera necesariamente negativo porque en cada proyecto siempre se pensaba en las necesidades del propio proyecto, cometimos el error de olvidar las necesidades del colectivo a largo plazo.

Una estrecha relación de confianza entre los miembros del equipo permitió continuar trabajando durante años, pese a este insostenible sistema de funcionamiento, pero el paso del tiempo no hizo otra cosa que acentuar los desequilibrios económicos, confirmar la necesidad de un fondo común para poder hacernos cargo cuando un micrófono o una grabadora se estropeaban o quebrar dichas relaciones de confianza. Un ejemplo clamoroso del tipo de situaciones a las que condujo la decisión de 2007 fue una cartografía sonora de Gijón elaborada por Carlos Suárez y Jesús Otero, tras hacer una contraoferta a la baja a otra propuesta de Escoitar gestionada por Chiu Longina. Aquel mismo año yo había participado en SummerLAB ayudando a desarrollar varios de los proyectos que que se presentaron tras el encuentro, sin recibir por ello ninguna remuneración y, cuando el último día del evento, los responsables de Laboral me comentaron que era fantástico poder volver a contar conmigo un par de semanas después, me quedé atónito. No tenía ni la menor idea de que Escoitar fuese a realizar una actividad en Laboral, ni constancia alguna de si iba a participar en ella.

Cumpliendo a rajatabla las normas que nos habíamos dado, Carlos Suárez y Jesús Otero realizaron el proyecto por su cuenta, utilizando para ello herramientas tecnológicas que habíamos desarrollado gratuitamente para el colectivo Berio Molina y yo. Ni Carlos Suárez, ni Jesús Otero, hicieron nada incorrecto, simplemente presentaron un proyecto de Escoitar y lo llevaron a cabo. Fue el deficiente sistema de funcionamiento del colectivo lo que condujo al malentendido, no su actuación. Es muy probable que fuesen absolutamente inconscientes de la situación que se produjo, que nunca supiesen que habían hecho una contraoferta al propio equipo de Escoitar y que el buen sabor de boca que había dejado mi trabajo en Laboral no contribuyese en absoluto a la recepción de su propuesta, lo que es seguro es que el desastroso sistema de funcionamiento económico del colectivo contribuyo a convertir una posibilidad de trabajar en Laboral en un problema y un proyecto del colectivo en un desencuentro, en definitiva, a generar desequilibrios y desconfianza entre los miembros del equipo.

Escoitar era un colectivo mucho mas frágil de lo que podía parecer. A falta de una infraestructura vertebradora, en un contexto precario tanto en lo personal como en lo económico, el proyecto solamente podía alimentarse de ilusión y ganas, de una férrea creencia en el sentido de lo que hacíamos. Por esta razón, el peso del maltrato al que acostumbran a someter las instituciones, a las iniciativas independientes, es un factor que no se puede obviar en la desaparición de Escoitar. Todas y cada una de las zancadillas y bofetadas que soportó el proyecto a lo largo de su trayectoria contribuyeron de forma decisiva a que perdiéramos la ilusión y acabáramos consumiendo el único combustible que sostenía y daba fuerza a nuestra acción colectiva.

Lamentablemente dudo que el caso de Escoitar haya sido excepcional. En todo caso, una dilatada experiencia de contacto con las instituciones nos ha permitido acumular un extensísimo anecdotario de mal hacer institucional, que es un fiel reflejo de esa desatención y facilidad para poner palos en las ruedas constantes de la cultura institucional en la que vivimos, muy especialmente en Galicia. Aunque algunas de nuestras experiencias más desafortunadas con la institución quedaran reflejadas en las notas a pie de página de ¿Dónde está Escoitar?, considero que aún sigue siendo necesario construir relato acerca de mucha de ellas, particularmente, si como este texto se propone, se desea comprender en profundidad las razones de la desaparición de Escoitar y extraer algunas conclusiones acerca de la misma.

Escoitar impartió su primer taller en Galicia, en noviembre de 2006, a través de la Universidad de Vigo, en la Casa das Campás. Poco después, tres de los miembros del colectivo pasamos a formar parte de un grupo de investigación de esta universidad durante un breve período de tiempo. Pese a que a lo largo de la trayectoria de Escoitar fuimos capaces de colaborar con universidades de Inglaterra (Cambridge y Manchester), Francia (Grenoble), Finlandia (Támpere) o Grecia (Volos y Atenas), nunca logramos llevar a cabo un solo proyecto con la Universidad de Vigo. Nuestra experiencia en el grupo de investigación fue cuanto menos decepcionante, la única conclusión que sacamos fue que, en la universidad, había mayor preocupación por la acumulación de puntos, que por desarrollar proyectos de interés. Paulatinamente fuimos dándonos de baja y aunque en algún momento habíamos considerado que Escoitar podía ser un proyecto ligado a la universidad, lo descartamos por completo.

El Marco de Vigo fue la segunda institución de Galicia con la que colaboramos. Entre marzo y mayo de 2007 ocupamos su espacio anexo durante tres meses, llevando a cabo una de las actividades mas exitosas acogidas en dicho espacio, el Audiohacklab. Durante aquel periodo de tiempo, se impartieron múltiples talleres, se organizaron conciertos, se hizo una presentación de una tesis e, incluso, se llevó a cabo una colaboración con el Centro Coreográfico Galego. Según el personal de sala, nunca una actividad del museo había recibido tantos visitantes. Sin embargo, no volvimos a trabajar con el Marco de Vigo, que sorprendentemente nunca contó con Escoitar para ninguna otra actividad. Años mas tarde, en un gesto enormemente simbólico, el Marco de Vigo transformó su anexo, el único espacio que dedicaba a la producción contextual con agentes culturales jóvenes, en una habitación de hotel para alojar a los artistas internacionales que exponían en el museo. Gesto que retrata el hacer de dicha institución a lo largo de los últimos años y refleja de manera paradigmática ese modelo económico, impuesto por la política, por el cual somos un país de servicios baratos, destinado a recibir con sol y playa el turismo rico del norte.

La tercera institución de Galicia con la que trabajó Escoitar fue el CGAC. Entre noviembre de 2007 y marzo de 2008 colaboramos en el contexto del mismo proyecto que había permitido al colectivo hacer el Audiohacklab en el espacio anexo del Marco de Vigo, una propuesta de Manuel Olveira llamada Proxecto Edición. En aquella ocasión, Escoitar programó, para el CGAC, un taller, un encuentro internacional y un ciclo de cine sobre paisaje sonoro bajo el nombre de Cartografías de la escucha, acordando que el centro haría una publicación de todos los contenidos generados durante las distintas actividades, como pago de los honorarios del equipo. Entre otros contenidos se contaba con textos y entrevistas traducidos al gallego de Bill Fontana, Carmen Pardo, Jean-Paul Thibaud, John Levack Drever, Brandon LaBelle, Hildegard Westerkamp, Llorenç Barber y Jose Luis Carles, junto con un doble CD con paisajes sonoros de Santiago de Compostela grabados durante el taller y composiciones sonoras basadas en dichos paisajes, realizadas por Alog, Arbol, Duran Vázquez, Jin Hi Kim, Kassin, Larsen, Pierre Bastien, Rechenzentrum, Rupture y Tunng.

Tras el cese de Manuel Olveira como director del centro, el proyecto quedo abandonado y, aunque la publicación estaba prácticamente acabada, nunca se llevó a imprenta. Durante la etapa posterior, el centro borró la página web de Proxecto Edición eliminando el escaso registro que se conservaba del proyecto y cuando el colectivo propuso al nuevo director, Miguel von Hafe, que Arteleku se hiciese cargo de la publicación para poder acabarla, en el año 2009, rechazo la propuesta y asumió el compromiso de realizarla en el plazo de un año. Recientemente, la nueva dirección del centro ha confirmado que, transcurridos ocho años desde que Escoitar llevó a cabo Cartografías de la escucha, la institución no tiene capacidad de hacerse cargo de la publicación. Escoitar siempre consideró que el centro había secuestrado el trabajo del colectivos impidiendo la difusión de un material que, en su momento, podría haber tenido relevancia internacional. Nunca volvimos a colaborar con el CGAC ni a plantearnos realizar otra actividad en el centro.

En octubre de 2009, el ayuntamiento de Vigo contrató a Ouvirmos para la elaboración de un mapa sonoro de la ciudad, encargándole la copia de un proyecto llamado Sons de Barcelona. Desde el desconocimiento absoluto del contexto con el que las instituciones gestionan la cultura en Galicia, el ayuntamiento de Vigo no solo se mostraba incapaz de apoyarse en el trabajo de un colectivo local de trayectoria internacional como Escoitar para la elaboración de un proyecto sonoro en la ciudad, si no que encargaba a una empresa la copia de un proyecto catalán que, a su vez, estaba inspirado en Escoitar. Sons de Barcelona era una segunda versión del mapa sonoro de FreeSound centrada en la ciudad de Barcelona que, tras el éxito de Escoitar, ponía en relación sonido, identidad, memoria y lugar del modo en que había planteado el colectivo en su nacimiento.

Paradójicamente, Ouvirmos sí contó con el equipo de Escoitar para el desarrollo del proyecto y subcontrató la creación del mapa sonoro. Aunque la colaboración del equipo del colectivo con Ouvirmos fue muy positiva, nunca llegamos a salir de nuestro asombro. La actitud mostrada por el Ayuntamiento de Vigo, con el que nunca llegamos a colaborar directamente, constituyó ejemplo paradigmático de la falta de reconocimiento que trabajo de Escoitar tuvo en Galicia. El mapa sonoro de Vigo fue un proyecto en el que la ciudad invirtió una importante cantidad de fondos FEDER para promoción turística, pero el ayuntamiento nunca lo mantuvo. El proyecto acabó desapareciendo de la página web del ayuntamiento en poco tiempo y hasta el reciente cierre de Escoitar sólo era accesible al púbico a través de una copia que conservábamos en nuestro servidor.

Resulta extraño terminar este relato hablando de una institución con la que ni siquiera llegamos a colaborar una sola vez y de la que hay poco que no se haya dicho ya. Sin embargo, el Archivo Sonoro de Galicia y, sobretodo, la institución de la que este depende, el Consello da Cultura Galega, deben ocupar un lugar importante a la hora de analizar el trato institucional que recibió Escoitar en Galicia. El Archivo Sonoro debería haber sido la institución donde el colectivo encontrase mayor sinergia y comprensión acerca del valor de su proyecto. Sin embargo, las dos propuestas que hicimos al Consello da Cultura Galega se recibieron con una desidia absoluta. En uno de los casos contestando dos años después de haberla realizado, para echarle un vistazo y dejarla en el olvido.

En el Consello da Cultura Galega, asistimos a una de las reuniones en las que Escoitar recibió el peor trato de su historia. A lo largo de las misma observamos una falta de interés y de respecto absolutos, escuchamos comentarios inapropiados y vimos atónitos como el interlocutor de la institución se levantaba en medio de la reunión, para asistir a otra reunión y volver al cabo de 20 minutos. Tras presentar el proyecto de renovación de la web de Escoitar, cuando el Consello da Cultura Galega afirmó que no apoyaba proyectos que escapasen a su control institucional y que ya haría su propio mapa cuando lo necesitase, la institución puso de manifiesto, en toda su crudeza, la clave del maltrato institucional al que me refiero, que en mayor o menor medida, sufren todas y cada una de las iniciativas independientes de Galicia. Una cultura entendida desde la soberbia y la verticalidad que no entiende la gestión cultural desde el acompañamiento a las propuestas de los agentes del contexto, si no desde la producción propia. Una cultura en la que las instituciones solamente se acercan a las iniciativas independientes en la medida en que puedan ejercer control sobre las mismas, instrumentalizarlas y aprovecharse de ellas.

Cada vez que Escoitar se encontró en una situación como las que acabo de describir, la institución contribuyó favorablemente a la desaparición del proyecto y de su patrimonio colectivo, en lugar de cuidarlo, protegerlo y ponerlo en valor en el ejercicio de sus funciones. La triste realidad de nuestro contexto es que, mas allá de algunas alabanzas, pocas instituciones están dispuestas o capacitadas para hacer un ejercicio real de apoyo y acompañamiento a la cultura. En un panorama como el descrito, las iniciativas culturales de Galicia tendrán siempre un enorme déficit competitivo porque sus instituciones no apuestan por ellas y se enfrentan a la realidad sin la más mínima ayuda. Sin cambiar de forma radical la manera en que se gestiona la cultura en nuestro contexto, las iniciativas surgidas en Galicia nunca podrán ocupar el lugar que les corresponda ni recibir las oportunidades que merecen. No es de extrañar que exposiciones recientes como Arte sonoro en España (1961-2016) de la Fundación Juan March hayan obviado de forma tan escandalosa el trabajo reciente de Escoitar, cuando nuestro propio contexto ha demostrado ser incapaz de apostar por él y ponerlo en valor.

Poco o nada se puede hacer ya por el colectivo Escoitar, no tendría ningún sentido terminar ahora la publicación del CGAC, rescatar el mapa sonoro de Vigo o tratar de ligar noTours a un proyecto universitario. La única pregunta que queda por hacer es si todavía hay algún patrimonio que podamos recuperar. ¿Conserva Escoitar alguna clase de capital simbólico, que perteneciéndonos ahora a todos porque el colectivo ya no existe, podamos conservar? ¿Se trató de un proyecto anecdótico que solamente tocó a aquellas personas que participamos en él y podemos pasar página o, por el contrario, existe en Galicia cierta deuda histórica con un proyecto que no se supo reconocer ni apoyar? Reunidos, ahora, buena parte de los elementos que de algún modo intervinieron en la desaparición de Escoitar, al igual que en Asesinato en el Orient Express, debemos decidir si todos fuimos apuñalando poco a poco a la víctima hasta matarla o si, por el contrario, un elemento extraño se subió a nuestro tren para asesinarla sin que nadie se diese cuenta. Debemos decidir si queremos asumir la responsabilidad colectiva que tiene una cultura cuando deja esmorecer su propio patrimonio, o si resulta más tranquilizador consolarse en el infortunio. Esperemos que, como el señor Poirot, no tengamos que bajarnos del tren tras esta decisión.

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